
Extracto final de "El extranjero"; Camus, Albert:
"En cuanto salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que dormí porque me desperté con las estrellas sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí. Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre indiferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. Me pareció que comprendía por qué, al final de su vida, había tenido un «novio», por qué había jugado a comenzar otra vez. Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio." -Meursault-
No discuto que sea difícil, y hasta cierto punto doloroso, el zafarse de las ataduras mundanas para vivir una vida llena de limitaciones y abstinencias, pero no lo hacen en vano, creen profundamente en que existe un Dios y un cielo que los invitará a una vida eterna de la cual ésta no es más que una antesala de tentaciones. Es decir que construyen un “proyecto” con una meta hacia la cual aspirar, dirigen sus acciones a ella, llenado de esta manera su vida de dirección y sentido (y de un sentido trascendente, detalle no menor), liberándola del peso de la duda, la ignorancia, y en última instancia del terrible sinsentido.
Puede ser que esa divinidad, como meta y proyecto, se les imponga en su omni-todo, no pueden escapar de ella, luchar sería por tanto en vano y nadie quiere eso ¿cierto?, por lo que sucumben ante ésta. Puede ser también, que este Dios, bondadoso y caritativo, les haya revelado su proyecto de amor, y que por ello se ven en la insufrible (para lo demás) obligación libre (Dios no obliga a nadie ante todo está libre albedrío), de seguirlo hasta las últimas y comunicar esa hermosa verdad a los hermanos sumergidos en la tinieblas de la ignorancia.
Pero bien, todos construimos a lo largo de nuestras vidas algún significado, aunque sea en forma de pequeñas metas hacia una felicidad, pueden ser esperanzas (¿o esperas?) no tienen porque ser una religión. Nos apoyamos en ellas, son esperanzas que como diría Camus: nos limitan, no pasan a ser más que muletas que nos ayudan a caminar, a elegir, a justificarnos como entes existentes con propósito y por ende con valor intrínseco (con dignidad) per se. Nos manifestamos entonces como inválidos, incapaces de vivir en lo incierto, ya sea en forma de pequeñas dudas o grandes vacíos epistemológicos, siendo que lamentablemente es más la duda, la incertidumbre y lo vacíos los que llenan nuestra vida.
-Vivir en duda, vivir sin esperanza ni espera, vivir sin historia ni porvenir.-
Eso es valentía. Vivir mirando de frente al vacío. El no creer que hay nada más allá ni más acá que nos sostenga, que justifique el arduo trabajo que significa mantenerse viviendo y pensado al mismo tiempo, la terrible aceptación de que no tenemos nada, que no valemos ni en nuestras propias acciones ni elecciones, que no hay justificación en mi andar, menos aún seguridad en algo o en alguien. Despertar con consciencia que alguna vez ese acto mecánico de sobrevivir pasará a ser parte del pasado, del no existir, y que yo también seré parte de ese vacío e incertidumbre. ¿Existí? ¿Deje marcas físicas o mnémicas? Qué importa, da igual. Todo suma cero: el número del equilibrio.
Hay que ser extremadamente valiente para simplemente NO creer. No tiene que ver con la desidia o flojera por cumplir los votos rígidos de una Iglesia, no tiene que ver con maldad ni miedo hacia las convenciones ni reglas humanas, no se acerca ni mínimamente al odio a los demás porque me son indiferentes ni porque para ellos soy un extranjero.
Me abro, entonces, a lo dulce indiferencia del mundo, nadie tiene derecho a llorar por mi ni yo por ellos, estamos solos sobre un trapecio rodeado de vacío con voces que gritan (algunas furiosas, otras ingenuas) que te arrojes: tú te aferras al trapecio, miras el vacío, e indiferente al bramido, sigues balanceándote, sabiendo que tu cuerpo cederá al tiempo y finalmente siempre caerá.
Hermana: yo no puedo ser ni unos ni otros, dejé de creer en una promesa trascendente, pero no puedo dejar de justificarme y de buscar un sentido. Defiendes a los primeros porque son fieles y coherentes con lo que quieren y creen, pero resulta menos difícil asumir aquellas restricciones y sacrificios si tienes fe en una retribución, un significado que le entrega sentido y valor a tus actos. Imagina en cambio, una vida sin proyección, sin fin, rebosante de un maldito aquí y ahora ¿seguirías fiel a esos votos? Por eso admiro y respecto a aquellos que no se valen de muletas, que entregan sus acciones a la gratuidad, sabiendo inútil todo trabajo, y por extensión, vana a toda existencia. Que dicen sí a el único voto real: a la vida, sin tener razón para vivirla.
Yo no puedo.
